No puedes

Era temprano, al alba casi, pero ya estaba en pie. Las clases comenzarán en unas tres horas y eso le deja un buen rato para pasar por la cancha. Esa hora u hora y media eran parte de su rutina diaria desde que, hacía dos años, el entrenador le dejó fuera del equipo. “Que no podía” le dijo. El olor del parquet, la luz y el silencio -una suerte de compadreo y ternura hacen que el encargado le abriera a horas intempestivas- todo eso le rodeaba, lo envolvía le impregnaba y, aunque él no era consciente, lo formaba. Botes estridentes en la mañana casi neonata, driblings contra rivales tan feroces como invisibles, tiros que se repiten hasta el infinito, cada vez más certeros, cada vez más fáciles, cada vez más suyos. 
Hoy no era un día normal. Esa tarde después de su entreno habitual con sus compañeros lo haría con los grandes y se disfrazaría una vez más de fanfarrón, de sobrado, de insufrible perdonavidas. Ese disfraz se disolvería, como siempre cuando el balón durmiera al fin. Sus compañeros lo sabían y lo aceptaban pero los mayores eran eso mayor, enorme, profesionales y estrellas. “No podrá” pensarían. Bien, se tendrían que acostumbrar.   
Y llego el momento. Alguno de los profesionales lo acogieron con sincera afabilidad, otros con cierta sorna, pero la mayoría ignorándolo por completo. Él no se enteraba porque ya lo sentía, esa sensación. “No podrás” le dijeron sus compañeros en el entrenamiento vespertino, “te  pondrán en tu sitio”. Pero lo sentía. Lo sintió durante el calentamiento, durante la pequeña sesión de tiro incluso en el tedioso trabajo con los sistemas. Lo sentía.
Sus padres, días antes, le habían preguntado si estaba seguro de aceptar la oferta de entrenar con los mayores, “solo eres un crío, aun no estas hecho” aseguraron, “No podrás”. Pero ahora estaba allí y si definitivamente lo sentía. Lo sentía como ninguna sensación antes de esa.  El entrenador planteo un partidillo y secretamente insto al que sería el rival del chaval a que fuera con cuidado, a que lo mimara. No tenía la más mínima intención de obedecer; era su estatus, su forma de trabajar y sus partes, si no nobles si al menos de las que mantenía en mayor estima, las que estaban en juego. “No podrá” sentenció para sí. 
Pero él lo sentía, y lo sintió mientras fluía, mientras miraba y veía; lo que pasaba y lo que pasaría en los próximos segundos según decidiera que hacer. Y botó. Y pasó. Y tiro. y encestó. Y defendió. Y si, sí que pudo. Desde luego que pudo.
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