Querido Kobe

Hago acuse de recibo de tu carta, no a mí pero sí a nuestro amante común. En ella el niño que se crió viendo jugar a su padre y engullendo la pasta propia de su país de acogida temporal, se abre y cuenta cómo se hizo un jugador de baloncesto extraordinario. Porque no todo es genética, trabajo o inspiración, lo realmente importante es ese amor incondicional al juego y a todo lo que implica. El amor puede venir en forma de éxitos, puntos y elogios pero también lo hace en forma de dolor, soledad e incomprensión. 
Probablemente el Kobe que se enfundaba la camiseta con el número ocho bordado se mereció parte de esos reproches. El amor puede ser ingrato para aquel al que se le profesa y tú lo fuiste en ocasiones -no muchas- pero eso se compensó con un no pequeño cambio de actitud cuando te pusiste el veinticuatro en la zamarra . Maduraste tú y tu juego. Tu cuerpo respondía a pleno rendimiento y tu mente, bueno tu mente era y es una roca -sólo Mike te iguala en eso- . Y ganaste. Junto a Pau, el no tan fuerte Lamar y otros de los que esta vez si fuiste capaz de sacar lo mejor, de ser un líder verdadero. 
Dejas ir a tu amor, al baloncesto, dices pero creo que te equivocas, sólo lo amarás de otra forma. fuera de los foco y de las miradas admiradas o inquisidoras, deseosas del fracaso ajeno, porque sabes que el amor verdadero es eterno y nunca ni siquiera en la lejanía recibe un adiós real. Cada vez que toques un balón, que juegues una pachanga renacerá la bestia, no podrás evitarlo. Como el escorpión ; es tu forma de ser. 
Acusas a tu cuerpo de ser el responsable de tu final y es verdad, al final te falló pero en este punto me permito un reproche, sólo uno; nunca supiste adaptar tu físico – y sus cambios- al juego. Jugabas como siempre, no encontraste la manera ni los recursos para dominar sin estadísticas, hacerte a un lado y dejar que otros ganaran bajo tu protección. No supiste o no quisiste. ya da igual, la historia ya está escrita.  
Kobe quiere al baloncesto y el baloncesto quiere a Kobe. Alguien debería sacarse una navaja y grabarlo en madera, de parquet por supuesto.
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